sábado, 6 de septiembre de 2014

EXTRABASES: Viernes 27 de enero de 2006


Barquisimeto, enero de 2006.

Hoy no puedo hablar de béisbol, mis disculpas.

Hasta que el tiempo, sabio curador, mitigue el dolor y alivie la pena, el corazón estará conmovido y el pensamiento confundido entre la aceptación de las leyes divinas y la difícil resignación, inevitable consejera a la hora del tránsito entre dos mundos.

Teolinda era una mujer muy especial –sigue siendo, aseguraba el sacerdote en sus palabras- y por ello su imagen es una marca indeleble en nuestros pensamientos. Fue una mensajera del buen vivir, un espíritu que con sus acciones recomendaba la felicidad como el mejor antídoto para el difícil camino que exploramos. Su rostro era una fiesta y su amistad una bendición para los familiares y amigos que nos congregábamos cada año para celebrar desde su fecha natal hasta la mínima reunión convocada por su ánimo indeclinable y su trato afable y abierto.

El primer día sin ella es, por tanto, desolador e insufrible. Expreso, seguramente, el dolor de todos los que ya no tienen el vientre que los trajo al mundo y que un día se enfrentaron a la realidad que nos asola cruelmente, como si no fuéramos capaces de aguardar con cierta preparación el rudo golpe que, por designio celestial, nos corresponde a cada uno en este valle de lágrimas.

Digo que hoy no quiero hablar de béisbol, aunque Teolinda probablemente estará atenta para saber si su Cardenales de tormentos y venturas, pasó o no a la final, mientras ella batallaba, cual viejo roble, contra un voraz ataque mortal. “Este equipo me va a matar” solía decir con la angustia que esos finales provocaban en cada oyente o televidente. Pero, qué va, se fue tranquilamente, como si su club hubiese ganado por paliza. Con una cara apacible. No sabía de un “squezze play” o un sacrifly, menos de alguna jugada de reglas. Pero se alborotaba en su cama cuando Lara hacía una carrera y alcanzaba la victoria, como tantos larenses a quienes el pájaro rojo los ha envuelto con su encanto.

Tengo una oyente menos y qué vacío deja. Si ella comienza a vivir la otra vida, a nosotros también nos arranca el resto de la existencia sin el calor de una diaria bendición, sin la mirada amorosa que solamente describe la madre. Dios fue generoso alargando hasta los 95 años su paso por la tierra y, entonces, eso nos dio mucho tiempo para quererla y hasta nos hizo pensar que sería eterna, como hoy son su recuerdo y su memoria.

Esa peregrinación de amigos en la jornada final no es otra cosa que la exquisita respuesta a una existencia pletórica en amor y enseñanzas. La música que sus entrañables artistas Peché, Chichito, Ricardo y Luis Enrique entonaron en la tarde del viaje, fue la celebración anticipada y presurosa de su cumpleaños. Cómo gozaría con la “Endrina” y “Como llora una estrella”. Quien pudiera haberla visto, repartiendo bendiciones para tantos consuetudinarios visitantes que la consideraban como su segunda “vieja” y se hacían incontables junto a la familia que la tuvo como su eje fundamental. Gracias por darme la vida y alegrar la de otros. Este hijo que tanto te quiere tiene herido el corazón.

Hasta luego mamá.


Publicado en el diario El Impulso el 27 de enero de 2006, tres días después del fallecimiento de Teolinda Bujana de Saer.

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